Después de Caudillo, mi disco anterior, no hubo nada. No hubo nada completo: una pandemia, un ACV que dio vuelta todo, unas grabaciones sin terminar, un montón de pedazos. Y yo, fragmentario. Pero cabezadura. Desde ese lugar me propuse unir los puntos, paso a paso, e ir cerrando capítulos: un libro, algunos proyectos, mis canciones. Al fin, mi nariz estuvo fuera del agua. Está. Estoy. No sé si hay alguien esperando en la orilla, no sé ni siquiera si hay orilla, pero sigo braceando. Ya no soy caudillo, y ahora reconozco otras causas del siniestro. Pero encontré “La nieve del 87” –que se grabó en estudio de la ORT, con batería de Irvin Carballo, bajo de Gonzalo Silvera y mis guitarras, y después las voces en lo de Daniel Anselmi, el productor de todo-, y es el primero de muchos avistamientos. Nunca había hecho una canción bailable. Le debía a mi baile una canción. Caminar en la nieve es distinto a pisar tierra firme. Pero mirame a los pies.